Malditos Sofocos
- Menopausiana

- 22 jun
- 2 min de lectura
La conversación que acabamos teniendo todas
Hay conversaciones que aparecen tarde o temprano.
A veces en una cena.
A veces tomando café.
A veces en un grupo de WhatsApp.
Y casi siempre empiezan igual.
—¿Te pasa que de repente te entra un calor horrible?
—¡Sí!
—¿Como si alguien hubiera encendido una estufa dentro de tu cuerpo?
—¡Exactamente!
Y entonces alguien pronuncia la palabra.

Sofocos.
Los malditos sofocos.
Porque cuando aparecen por primera vez suelen llegar sin avisar.
Estás trabajando.
Conduciendo.
Viendo una película.
Durmiendo.
Y de repente notas una oleada de calor que empieza en el pecho o en el cuello y sube hacia la cara.
A veces dura segundos.
A veces varios minutos.
Y a veces deja detrás una sensación de agotamiento difícil de explicar.
Lo curioso es que muchas mujeres tardamos en relacionarlos con la perimenopausia.
Pensamos que es estrés.
Que hace calor.
Que hemos dormido mal.
Que estamos más nerviosas de lo normal.
Hasta que empiezan a repetirse.
Y entonces llega la sospecha.
Quizá esto tiene algo que ver con las hormonas.
Lo que nadie suele contarte es que los sofocos son mucho más que calor.
Pueden interrumpir reuniones.
Despertarte varias veces durante la noche.
Hacer que te sientas incómoda en situaciones sociales.
Y, sobre todo, recordarte constantemente que algo está cambiando.
Porque al final muchas veces no es el sofoco en sí.
Es todo lo que representa.
La sensación de que tu cuerpo empieza a comportarse de formas nuevas.
De que las reglas han cambiado.
Y de que todavía estás intentando entenderlas.
La buena noticia es que no estás sola.
Los sofocos son uno de los síntomas más frecuentes de la perimenopausia y la menopausia.
Millones de mujeres los experimentan cada día.
Aunque durante mucho tiempo se haya hablado poco de ellos.
Y quizá la próxima vez que estés en una conversación entre amigas y alguien diga:
—¿A vosotras también os pasa?
Descubras que muchas más mujeres de las que imaginabas llevan tiempo peleándose con los mismos malditos sofocos.
Porque entender lo que nos ocurre no hace desaparecer los síntomas.
Pero sí hace que dejemos de sentirnos tan solas.

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